jueves, 8 de febrero de 2018

~Reseña~ Monstress, o el monstruo que llevamos dentro




Quizá hayáis oído hablar de Monstress: Despertar, el primer volumen de una serie que fue galardonado con el Premio Hugo el año pasado. Cualquier cosa que hayáis leído probablemente se quede corta, incluyendo esta que viene a continuación, porque es complicado hablar de este cómic sin usar onomatopeyas y saltitos entusiastas. Y es que Marjorie Liu y Sana Takeda han creado una verdadera obra de arte.

Como no soy una lectora habitual en este formato, voy a tomarme la libertad de describir lo que me fascinó ya nada más coger el ejemplar en la librería. El estilo del dibujo, el relieve y brillo de la cubierta ya te atrapan desde el primer momento. Y luego viene la historia.

Maika Mediolobo está siendo vendida como esclava en una subasta cuando  una mujer perteneciente a la Orden Cumaea pide su donación junto a la de otros arcánicos. Estos son seres no humanos, con aspectos muy diferentes entre sí. En una escena somos capaces de entrever varias cosas que van a ser importantes a lo largo de la obra: la división de la sociedad por razas, el poder de la Orden y sus intenciones nada benévolas, la existencia de una guerra previa, el frío control de la protagonista. También la estética cercana al art decó. Todas ellas se explotarán en las páginas sucesivas mientras vamos descubriendo las intenciones de Maika.


Y es que Monstress es una historia con muchos interrogantes, algunos de los cuales se irán revelando conforme avance la trama mientras que otros aún se quedarán en el aire al terminar. Este es uno de los principales motores, pero no el único. También la acción constante y unos personajes que dejan huella.

A pesar de la impresión que da en un primer momento, Maika es un personaje lleno de emociones, sobre todo rabia y miedo. Rabia por todo lo que la guerra le arrebató y por el odio irracional de los humanos hacia los arcánicos, miedo por lo que desconoce de su madre y de ella misma. Pero también se preocupa por sus acompañantes y el daño que pueda causarles sin pretenderlo.

También son muy interesantes personajes como Atena y Sophia, que a veces parecen debatirse entre sus ambiciones y la relación que las une; y, cómo no, la Madre Superiora. En realidad, todo lo que rodea a las Cumaea camina entre lo terrorífico y lo fascinante. Es una Orden religiosa que recuerda en cierto modo a la Inquisición por su jerarquía y al mismo tiempo investiga sobre una sustancia mágica llamada lilium que procede de los arcánicos. No se escapa el detalle de que parecen reverenciar más a la Madre Superiora que a la diosa.

Como podéis comprobar, todo el cómic está lleno de mujeres, todas ellas de muy diferente apariencia y condición. La ambientación también escapa del retrato occidental habitual, con lo que el exotismo se une a la diversidad para atrapar al lector. A mí me ha encantado hallar tanta variedad de personajes femeninos llenos de ambiciones, contradicciones, sueños y deseos. Y en una novela gráfica se nota todavía más la diversidad racial sin dejar por ello a un lado la crítica a la xenofobia gracias al enfrentamiento entre humanos y arcánicos.


Otro de los aspectos más fascinantes es la gran cantidad de información que nos llega a través de las imágenes y pequeños detalles en los diálogos. Con ellos se intuye la grandeza del mundo que han creado las autoras, con unas pinceladas que no apabullan al lector y que sin embargo le dan una riqueza impresionante al relato.

Aun con todo, no deja de ser una historia dura, de fantasía oscura, que llega incluso al gore en determinadas ocasiones. Hay seres que encierran un poder infinito, visiones de dioses muertos, extraños símbolos cuyo significado se desconoce, gatos con más de una cola, traiciones y secretos. Sus personajes son ricos y variados, reivindicativos por su mera existencia, abanderada por Maika, a la que le falta un brazo. Sin duda es una gran muestra de que la representación y la diversidad en ficción no está reñida con una trama bien llevada, un universo profundo y un trabajo gráfico excepcional. No sé ponerle pegas porque me ha enamorado.


Título: Monstress. Volumen uno: Despertar
Autoras: Marjorie Liu (guión) y Sana Takeda (dibujo)
Traductora: Gema Moraleda
Editorial: Norma editorial
Encuadernación: Tapa blanda
Año de publicación: 2017
Nº páginas: 208
Precio: 19,50€




Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

miércoles, 31 de enero de 2018

~Reseña~ El Portal de los Obeliscos, o las personas que nos moldean




Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas. Lo que no suelen decir es que pueden ser mejores que su antecesoras. Y esto es justamente lo que ocurre con El Portal de los Obeliscos. Jemisin aprovecha que ya estamos situados y conocemos a gran parte del elenco para atar cabos y descubrirnos nuevas capas de la Quietud, sorprendiendo e inquietando al lector. Y, sobre todo, dejándole con una buena lista de preguntas.

La novela comienza casi en el mismo punto en que comenzó La Quinta Estación, pero desde un punto de vista completamente diferente. Conoceremos a Nassun, la hija mayor de Essun, que desaparece junto a su padre después de que este matara a Uche y a la que su madre persigue por medio continente hasta perderle la pista. Sabremos cómo fue su trasiego en el comienzo de la Estación hasta unirse a la línea cronológica de Essun, que prosigue la conversación con Alabastro con la que acabó el volumen anterior.

Así pues, tendremos como personajes principales y con punto de vista a Nassun, una niña de ocho años que tendrá que aprender a protegerse y al mismo tiempo agradar a su padre si quiere sobrevivir; a Essun, que deberá aprender todo lo posible de su maestro si quiere entender la antigua guerra que se libra en la Tierra Fragmentada mientras se habitúa a la vida en Castrima; y a otro personaje cuya identidad no revelaré, pero que no dejará indiferente a nadie.



También conoceremos más a Ykka, Jija o Hoa, pero serán, sobre todo, la evolución de Nassun y las revelaciones de Alabastro las que nos tendrán en vilo durante la lectura. La niña no solo tendrá que adaptarse a cada situación que se le presente, sino también aprender a controlar sus propios poderes mientras los expande, con el peligro que eso conlleva. Sin embargo, es su percepción del mundo y sus necesidades afectivas las que nos destrozarán un poquito. Recordemos que empieza siendo una niña de ocho años cuya madre ha sido siempre demasiado estricta y cuyo padre, la persona que más quería en el mundo, la teme y la odia a partes iguales. Y ella lo sabe. Eso la afectará (cómo no hacerlo) y será gran responsable de los caminos que elige tomar.

Y es que hay dos ideas clave en esta novela. La primera la dice nada más empezar: eres las personas que te han rodeado y que has conocido en algún momento de tu vida. La autora muestra situaciones en las que este hecho queda patente, como la búsqueda de Nassun de alguien en quien confiar sin reservas, o el rastro de Alabastro que Essun ve en ella misma.

La otra idea ya venía de La Quinta Estación, y vuelve a incidir en ella aunque de una forma menos agresiva: los orogenes no se consideran personas de forma oficial. Al igual que los negros no empezaron a considerarse personas de pleno derecho (y hay quienes siguen sin considerarlos como tales) hasta hace relativamente poco. Aunque hace ya tiempo de la abolición de la esclavitud (quizá la semejanza más directa con la institución del Fulcro), la segregación racial continuó siendo un hecho en muchos países hasta entrada ya la segunda mitad de siglo XX. Hoy en día sigue habiendo racismo institucional en muchos países democráticos, mantenido por los prejuicios ya no solo hacia la población negra, sino hacia cualquier persona racializada en general. Jemisin sigue utilizando a los orogenes como símil y denuncia de este tipo de situaciones.



Descubriremos más cambios producidos por la Estación (gracias a David Tejera por los burbubajos y la gran traducción), conoceremos la procedencia de los comepiedras, algunas de sus motivaciones, así como la esencia de los Guardianes, entre otras cosas. La más importante, como he mencionado antes, la guerra ancestral que lleva miles de años librándose entre el Padre Tierra y sus habitantes, aunque la autora es bastante críptica a la hora de explicarlo y el lector tendrá que ir uniendo los puntos y deduciendo cuáles son los bandos y quién pertenece a cada cual.

Si el primer volumen de la trilogía era un mazazo, este te destroza. Serán las relaciones de los personajes, será por cómo la autora retuerce sus propias normas para dar golpes de efecto, será la propia Estación, pero el final de la novela, aunque en parte previsible, me ha dejado con el corazón encogido y, sin duda, con unas ganas terribles de acabar la trilogía. Creo que Jemisin demuestra que usar estereotipos no tiene por qué ser algo malo si se hace bien: protagonistas más poderosos que la media, salvar el mundo, malvados que luchan contra su propia naturaleza. La cuestión es crear un sistema coherente donde esas acciones que en otros casos nos sacarían de la lectura, en él resultan lógicas y tienen una razón.

¿Qué destino le deparará a la Quietud en The Stone Sky? Espero que no tengamos que esperar demasiado para averiguarlo.


Título: El Portal de los Obeliscos (Trilogía de la Tierra Fragmentada II)
Autora: Nora K. Jemisin
Traductor: David Tejera Expósito
Editorial: Nova (PRH)
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Año de publicación: 2018
Nº páginas: 400
Precio: 20,90€ / 9,99€ (ebook)



Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

miércoles, 24 de enero de 2018

Sobre el sexo de los guedenianos



Hace ya algo más de un año que leí La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin. No hice ninguna reseña, aunque desde luego estuvo entre mis mejores lecturas de 2016. No la reseñé por varias razones, pero la principal es que tenía (y tengo) la sensación de que debería releerlo para comprenderlo en toda su profundidad, y aun así creo que me quedaría mucho por descubrir.

Esta novela, enclavada en el llamado Ciclo del Ekumen, narra la llegada de Genly Ai, humano, al planeta Gueden (o Invierno) para tratar de que se anexione a la federación galáctica del Ekumen. Los guedenianos son humanoides con una característica esencial que constituirá uno de los pilares básicos de la novela: son biológicamente neutros, es decir, solo tienen un sexo determinado en unos días específicos del mes, lo que se llama kémmer. Durante este periodo, cada individuo manifiesta un sexo u otro dependiendo del que le haya tocado a su compañero. En principio no pueden elegir, aunque mediante las drogas pueden inclinarse a manifestar siempre el mismo sexo durante el kémmer o no manifestarlo en absoluto.

Estas características se descubren poco a poco a lo largo del libro. Gran parte de la especulación se centra en imaginar cómo sería una sociedad no determinada por el binarismo sexual. De hecho, hay un capítulo enteramente dedicado a este tema a modo de informe: «Capítulo 7. La cuestión del sexo». Sobre él ya hice una breve lectura en su día, porque me pareció fascinante:



Aun así, voy a copiar aquí algunos fragmentos más y a resaltar algunos de los leídos:

«Considérese: Cualquiera puede cambiarse en cualquiera de los dos sexos. Esto parece simple, pero los efectos psicológicos son incalculables. El hecho de que cualquiera entre los diecisiete y los treinta y cinco años, aproximadamente, pueda sentirse «atado a la crianza de los niños» […] implica que nadie está tan «atado» aquí como pueden estarlo, psicológica o físicamente, las mujeres de otras partes. Las cargas y los privilegios son compartidos con bastante equidad: todos corren los mismos riesgos o tienen que afrontar las mismas decisiones. Por lo tanto, nadie es aquí tan libre como un hombre libre de cualquier otra parte».

«Considérese: No hay imposición sexual, no hay violaciones».

«Considérese: No hay división de la humanidad en dos partes. […] Toda esa tendencia al dualismo que empapa el pensamiento humano se encuentra aminorada, o cambiada, en Invierno».

«Todas nuestras formas de interacción sociosexual son aquí desconocidas. […] No se ven a sí mismos (los guedenianos) como hombres o mujeres. Sí, ni siquiera alcanzamos a imaginarlo, y ya lo rechazamos como imposible. ¿Qué es lo primero que preguntamos cuando nace un niño?».

«Esta recurrencia del pronombre masculino en mis pensamientos me hace olvidar continuamente que el karhíder (un guedeniano de Karhide, un país del planeta) con quien estoy no es un hombre, sino un hombre-mujer».

«Uno es respetado y juzgado solo como ser humano. La experiencia es asombrosa».

Hay muchas más consideraciones de gran interés, pero creo que esto es suficiente para las cuestiones que quiero relatar. Como se puede comprobar, gran parte de los comentarios parten de la sorpresa de un humano (binario) al encontrar tal panorama en Gueden. Tras leerlos, no es raro que me sorprendiera cuando encontré hace unas semanas una nota que aparecía en el prólogo de Pamela Sargent a la antología Mujeres y maravillas (Bruguera, 1977). Dicha nota reza así:

Hubo una interesante discusión acerca de La mano izquierda de la oscuridad entre Le Guin y el distinguido escritor polaco de ciencia ficción Stanislav Lem en las páginas de SF Commentary, una publicación australiana editada por Bruce R. Gillespie. En un ensayo titulado «Lost Opportunities», Lem hace las siguientes afirmaciones:

Aunque sus conocimientos antropológicos son muy buenos, su perspicacia psicológica es únicamente la justa, y a veces no es ni siquiera suficiente. La señora Le Guin inventa una creación biológicamente plausible y valiosa como ficción. Se inventa a «otros humanos» que no solamente se convierten en seres sexuados periódicamente (ya hemos encontrado antes cosas así en ciencia ficción, incluso la bisexualidad) sino que (también) se convierten periódicamente en hembras o en machos durante su período «kemmer» período sexual). Y no se detienen las cosas aquí, sino que tampoco pueden prever cuál será su próxima encarnación sexual.

La autora no ha querido, no ha podido o no ha sabido cómo reflejar la cruel amargura del destino de los individuos en un sistema semejante. Nos ofrece algunos apuntes a lo largo de los capítulos, pero no transforma su material antropológico en formas de vida individuales.

Sin embargo, imaginémonos a nosotros mismos en la situación de la gente de esta novela. Dos cuestiones sobre la existencia básica nos saltan a la mente:

1.ª ¿En qué me convertiré durante el próximo período «kemmer» (sexual), en varón o en hembra? Contrariamente a todas las opiniones estereotipadas, la incertidumbre normal de nuestras vidas, ya bien conocida por nosotros, se ampliaría dolorosamente a causa de este indeterminismo sexual. No tendríamos que preocuparnos ya meramente de la cuestión trivial de si el mes próximo preñaríamos o quedaríamos preñados, sino que tendríamos que enfrentarnos a toda una nueva clase de problemas psíquicos acerca de los roles que nos esperarían en uno u otro extremo de la alternativa sexual.

2.ª De entre la gente totalmente indiferente que nos rodea, ¿por quién me sentiré eróticamente atraído durante el próximo «kemmer»? Porque como todo el mundo es neutro, no podemos determinar nuestro futuro biológico. El cambiante modelo de relaciones sexuales nos sorprenderá siempre con nuevos y siempre dudosos cambios dentro del conocido entorno…

Pero consideremos la cruel ironía del destino: supongamos que una persona mientras era varón se hubiera enamorado de otra que entonces era hembra durante el período «kemmer», y que después de algunos meses ambos se conviertan en «hombres» o en «mujeres». ¿Podemos creer que entonces ambos simplemente buscarían compañeros (heterosexuales) biológicamente adecuados? Si respondemos que sí a esta pregunta, no solamente estaríamos diciendo estupideces, sino también simple y sencillamnte mintiendo, porque sabemos con suficiente claridad cómo puede formar el poder de condicionamiento cultural-psicológico nuestras vidas interiores desafiando a nuestros instintos biológicos.

Por ello, los habitantes de Winter han de experimentar una gran desdicha e infelicidad, lo mismo que una buena cantidad de «perversión», a medida que los antiguos «machos» se sintieran cada vez más atraídos por sus antiguas compañeras «hembras» (tal vez ahora neutras o machos), y lo mismo cuando, debido a los dictados de sus glándulas, deban prepararse a jugar el rol femenino. ¡Qué posibilidades crueles, extrañas y diabólicas puede encontrar ahí un autor! Esas posibilidades esconden en ellas las raíces de una malignidad que nos heriría por su intencionalidad…

De la novela extraigo esta verdad acerca de mí (y por ende, de todos los seres humanos): pese a lo dolorosas que puedan ser nuestras vidas sexuales, la limitación de nuestra estabilidad es una bendición, y no una maldición. Claro está que el Karhider (getheniano) debe pensar de una forma totalmente diferente a la nuestra, y nos considerará anormales, como acertadamente señala la señora Le Guin…

Pero volvamos a la novela. Estilísticamente, está muy bien escrita. Contiene también la riqueza y la variedad de las costumbres de una civilización alienígena, aunque no sea totalmente consistente. Sea lo que sea lo que la autora haya intentado decirnos, ha escrito sobre un planeta en el que no hay mujeres, sino solamente hombres (no en el sentido sexual, pero sí en el social), porque las ropas Karhider, los modos de hablar, las costumbres y el comportamiento son masculinos. En el alma social, el elemento masculino ha permanecido victorioso sobre el femenino.

(SF Commentary, 24 de noviembre de 1971, pp. 22-24. El ensayo original fue publicado en una revista alemana, Quarber Merkur, n.º 25. Traducido del alemán por Franz Rottensteiner y revisada por Bruce Gellespie).

En una edición posterior. Le Guin respondía a las indicaciones de Lem:

La novela proyectada por Stanislav Lem… es fascinante, tan provocativa como un relato de Borges. Deseo que Lem pueda escribirla. Yo no hubiera podido hacerlo, en parte porque la fisiología de «mis» gethenianos no es la misma que Lem ha creído leer. Las tragedias que él vaticina están obviadas por el mecanismo «diferenciador» que hace que el segundo o el más lento de la pareja que entra en «kemmer» desarrolla siempre el sexo opuesto al del primero o más rápido… La puerta de entrada de la tragedia, creo yo, es más bien la enorme posibilidad de que dos amantes por largo tiempo lleguen a desincronizarse: unas pocas horas de diferencia en la extensión de sus períodos kemmer lo retrasaría por un año. He eludido esa dificultad sin ninguna vergüenza, y no he hecho más que proveer a los gethenianos de una sofisticada farmacopea y de unas técnicas de control del cuerpo altamente refinadas, de forma que pueda imaginarse la solución a esos desastres.

Lem no es el primero en acusar a los gethenianos de ser en su totalidad, o al menos en un 90%, varones… ¿Podría él, o cualquier otro, hacerme el favor de señalar un solo pasaje o conversación en los cuales Estraven (un personaje getheniano) haga o diga algo que solamente un hombre podría hacer o decir?

¿No será que tendemos a insistir en que Staven y los demás gethenianos son hombres porque la mayoría de nosotros somos incapaces de imaginar a las mujeres como primer ministro, arrastrando trineos sobre superficies heladas, etc.?
Sé que el uso del pronombre masculino influye en la imaginación del lector, quizá de forma decisiva… Alexei Panshin y otros pidieron que inventase un pronombre neutro. Consideré cuidadosamente la posibilidad y decidí que no lo haría. Este experimento lo intentó ya Lindsay en A Voyage To Arcturus y me suena a preciosismo fallido y exasperante; trescientas páginas llenas de una cosa así podrían resultar intolerables. La intransigencia del medio es, después de todo, su placer. Aunque, posiblemente, pueda hacerse más con el inglés que con cualquier otro lenguaje que ningún escritor haya tenido la suerte de hablar, no se puede hacer absolutamente todo con él…

Dice que sus vestidos son masculinos. ¿Qué es lo que lleva la gente en los climas realmente fríos? Tomé como modelo a los esquimales. Estos (tanto hombres como mujeres) llevan, por supuesto, túnicas y pantalones. ¿Ha intentado usted alguna vez llevar una falda, larga o corta, con un viento helado y bajo una tempestad de nieve?
Elegí a un observador terrestre «normal», y varón, como narrador, porque imaginé que la gente tendría problemas en identificarse emocionalmente con los gethenianos. En verdad, pensé que muchas personas, especialmente los hombres, los encontrarían repulsivos. Estaba equivocada y debería haber tenido más valor. Es mejor transmitir las cosas indirecta que directamente, a menos que se trate de entregar un mensaje. Yo soy novelista, no empleada de telégrafos. Lo que yo tenía que decir de los gethenianos pretendí que surgiera de la imaginación del lector…

(SF Commentary, 26 de abril de 1972, pp. 90-92.)


Creo que no hay forma más elegante de contestar al señor Lem que la de Le Guin, ciertamente. Las respuestas a las apreciaciones del escritor polaco se pueden encontrar con facilidad en los fragmentos que he mencionado de la propia novela. Y, sin embargo, es decepcionante ver como ante ciertas cuestiones una mente imaginativa es capaz de cerrarse.

No le ocurre solo a Lem en los 70. Ocurre hoy, a hombres y mujeres, cuando esta concepción del género se amplifica. Se puede pensar, dado el ojo humano a través del cual se mira la sociedad guedeniana, que el binarismo sigue estando presente dada la relación entre sexo y reproducción que ofrece el kémmer. Sin embargo, y aunque la pareja monógama es la estructura más común, hay un pequeño fragmento al que no se vuelve a hacer referencia que reza de la siguiente manera:

«En las casas de kémmer de las ciudades se forman grupos a veces, y el acoplamiento sexual puede ser de carácter promiscuo».

Y, en realidad, no sería raro imaginar que, en una sociedad donde el sexo no genera roles específicos, se dieran relaciones poliamorosas o no heteronormativas. La dificultad radica, hoy igual que entonces, en imaginar realmente las implicaciones que relata Le Guin de una sociedad sin roles de género. El error de Lem es precisamente juzgar a los guedenianos y su comportamiento de acuerdo a los roles de género preestablecido en nuestra sociedades. Y es el mismo error que cometemos al recibir una educación tránsfoba y binaria.

A día de hoy, La mano izquierda de la oscuridad podría ser más rompedora. La propia Le Guin mencionó entonces que podría haber tenido más valor. Pero tampoco debemos perder la perspectiva. Estamos hablando de un texto que tiene 45 años, y aun así sigue teniendo plena vigencia y sigue generando un debate muy similar. Podríamos discutir hasta qué punto su propuesta se basa en una relación irrompible entre lo biológico y lo social, pero sería constreñir demasiado un mensaje que puede ser universal. Lo importante es analizar las ventajas de una sociedad como la guedeniana y ver si son aplicables a la nuestra.

¿Es deseable un mundo sin violaciones? ¿Un mundo donde nuestras obligaciones familiares no dependen del sexo con el que nacemos y podamos disfrutar de la libertad que eso conlleva? ¿Un mundo donde no se nos exija un comportamiento determinado, sino ser humanos y nada más? Sin duda es una mejora respecto al presente, si bien algunos hombres no pensarán lo mismo, pues «nadie es aquí tan libre como un hombre libre de cualquier otra parte». Pero no hay que olvidar que el machismo también afecta negativamente al hombre en forma del concepto patriarcal de masculinidad, donde también se le exigen unos comportamientos que pueden acabar, por ejemplo, en una mayor tasa de suicidios respecto a las mujeres (y además de formas más violentas). Le Guin no obvia que el hombre tiene privilegios en una sociedad como la nuestra que perdería conforme nos acercáramos a la abolición del género. La cuestión es si los hombres están dispuestos a perderlos en aras del bienestar común.

Y más allá, y creo que es donde reside el gran error de Lem, La mano izquierda de la oscuridad nos plantea cómo nos comportaríamos cuando nuestro género (aunque se trate como sexo en la novela) es indeterminado o cambiante. Estamos hablando ya de lo cuir. No creo que los guedenianos sufran de esa ansiedad que imagina Lem por su indeterminación sexual. Ese es un problema que tenemos en la actualidad porque se nos pide definirnos de forma binaria: hombres o mujeres. Pero cuando puedes ser de ambos géneros y de ninguno sin que nadie te juzgue o te reproche y sin que ello perjudique tu vida, no encuentro ninguna razón por la que deba ser motivo de tal preocupación.

Podríamos decir que la sociedad guedeniana está guiada por su biología y pensar que llegar a un punto semejante es imposible con una biología como la nuestra. Pero lo cierto es que los humanos superamos la biología hace mucho tiempo. Los avances tecnológicos y médicos nos han permitido transformar nuestro entorno de acuerdo a nuestras necesidades y combatir nuestras debilidades para que no nos procuren la muerte. ¿Por qué entonces se sigue acudiendo a la determinación biológica en cuestiones como el género o la orientación sexual? Porque requiere un esfuerzo en el que mucha gente no ve una recompensa inmediata como ocurre en el caso de un tratamiento médico (y teniendo en cuenta que algunos ni en los tratamientos médicos creen, con más razón). Sin embargo, esa no expresión  (o multiexpresión) del género existe, y obviarla es negar una parte de lo que somos, bien porque no la entendemos o porque nos negamos a aceptarla.

Creo que una lectura analítica de  La mano izquierda de la oscuridad es un buen ejercicio para maravillarnos ante las posibilidades que ofrece una sociedad no basada en el sexo y los roles de género, pues además me parece que Le Guin supo darle coherencia. No era ajena a la respuesta que generaría en los lectores, ya que la puso en boca del propio protagonista, Genly Ai. Y, sabiendo también las limitaciones que suponía utilizar el masculino como neutro, criticó esa visión con frases tan atípicas como «El rey estaba embarazado». No hay nada como nuestras limitaciones para romperlas en la ciencia ficción, así como no se puede tener una visión abierta de la evolución social si nos negamos a deshacernos de nuestros prejuicios.



Dalayn
Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Soñadora de mundos y hacedora de historias. Escribo porque me hace feliz.

martes, 16 de enero de 2018

~Reseña~ La canción secreta del mundo, o la realidad que se esconde más allá



Jose Antonio Cotrina es uno de esos nombres que llevan rondando entre los autores que me recomiendan desde hace tiempo y aún no había podido leer (exceptuando su obra a cuatro manos con Gabriella Campbell). Después de un primer acercamiento, (gracias a Tres marcianos y medio) ya puedo decir que se ha colado en los primeros puestos de mi lista de escritores a los que hacer sufrir entre terribles torturas por cómo juega con los lectores.

La canción secreta del mundo cuenta la historia de Ariadna, una joven que asiste a la ruptura del mundo que conoce cuando el pasado que ha olvidado regresa a su presente. Aunque no recuerda nada anterior a su aparición en un orfanato hace cuatro años, es feliz con su familia y su novio. Entonces comienza a soñar, un sueño donde siente que la persiguen y la hará cruzarse con un viejo conocido al que la atan unos lazos más estrechos que los que vinculan la vida y la muerte.

martes, 2 de enero de 2018

12 meses, 12 antologías


Hace un par de meses, hablando con Isa Janis, empezamos a enumerar las antologías que teníamos pendientes de leer y nos llevamos las manos a la cabeza. Creo que desde que salió Mañana todavía (Fantascy, 2014) las antologías y los relatos han aumentado considerablemente su popularidad. Se publican más y, aunque en proporción se siguen leyendo menos (y, en consecuencia, también se venden menos), hay una oferta mucho más grande y diversa en el mercado que en años anteriores, si bien las antologías de Terra Nova coordinadas por Mariano Villarreal siempre han dado mucho que hablar.

Por algo tanto ella como Mangrii han querido hacer el reto 12 meses 12 antologías. Y bueno, la verdad es que me pareció una gran idea aunque no quería sumarme a saco porque  me suelen agobiar este tipo de retos. Pero viendo que había conseguido leer 10 antologías este año sin comerlo ni beberlo, quizá no sea tan difícil llegar a las 12 en 2018.

Así que voy a hacer un poco como Isa, y a poner todas las antologías que tengo pendientes en mi estantería, además de unas cuantas que me gustaría adquirir y que intentaré no comprar hasta que me haya bajado un poco la pila (no me lo creo ni yo, pero se intentará). O podéis hacer como Mangrii, y elegir directamente 12 que seguro que queréis leer.